
Lo he dicho: ¿por qué aludir a los animales más nobles del planeta para denigrar o insultar? Pero así es el idioma, se apropia de ciertos usos y los fosiliza, en otros casos, lo olvida en tiempo récord. “Abandonado como un perro”, o peor, feminizado, es un escupitajo en el rostro del prójimo. Yo uso el significado estrictamente nominal, que menciona a esos seres fieles, bondadosos, más bien hechos a imagen de sus dueños.
Arturo Pérez-Reverte es el autor de Los perros y los hijos de perra, que, desafiante, titula con los dos sentidos del sustantivo, para demostrar cómo el noble cánido siempre, hasta cuando ataca, responde a una conducta que trae en sus genes o que ha adquirido por descuido y mala conducción del que debía ser su protector, el humano. Una colección de artículos, escritos con la vehemencia que caracteriza su estilo, que no ahorra palabras duras ni afirmaciones contundentes, revela cuán profunda relación tiene con los chuchos –como él los llama– y cuenta casos específicos de animales suyos o que conoció.
En la literatura hay mucho puesto para esos protagonistas de hocicos acezantes y ojos luminosos: en este libro van apareciendo de manera fugaz, pero jamás sin intensidad, mostrando todo el comportamiento de que son capaces. Igualmente, las personas que los matan cuando les estorban, que los sueltan en las carreteras, que los adiestran para despiadadas peleas de apuestas. Esos humanos que pisotean la humanidad, cuando se alzan como la especie superior que se siente con “derecho” a pisotear al “vulgo bruto”, en líneas de sor Juana.
Los artículos cuentan algunos episodios conmovedores. La propia experiencia de sacrificar a un perro amado porque la enfermedad lo acosa y se desea evitar su sufrimiento, esa que lo llevó a acariciar una cabeza y derramar frente a ella “litros de lágrimas”. O el de Sami, el vagabundo mexicano que sobrevivía porque el barrio lo alimentaba y sirvió de nexo entre vecinos solitarios e indiferentes que, frente al accidente del animal, se volcaron a atenderlo e hicieron amistad.
Resalto dos textos entre todos: el que describe el ataque de la Brigada Ligera inglesa a las tropas rusas, en Crimea, con la orden irracional de avanzar al galope frente a fusiles y cañones, y en el cual dos valientes perros corrieron en medio de las balas y regresaron vivos; y el que se refiere el cuadro Rocroi, el último tercio, del pintor español Augusto Ferrer-Dalmau, que nos hace imaginar la acción bélica que emprenderán los disciplinados soldados contra un batallón francés, en el siglo XVII. El perro incluido, cruce de podenco con galgo español, se ve tan trajinado y desesperanzado como los humanos, pero parece dispuesto a llegar hasta el final. El mismo pintor ilustra el libro que comento, con bellos y expresivos trazos sobre perros.
¿Por qué algunos mendigos se acompañan con un perro mientras extienden la mano? ¿O en los tendederos de drogadictos y alcohólicos una criatura peluda pone su propia indefensión entre esos seres degradados? Unos buscan conmover más a la gente, otros se acogen al cálido contacto de sus cuerpos vivos. Fieles hasta en la inmundicia, porque no son hijos de perra en el sentido humano. (O)




