
La Organización de las Naciones Unidas (ONU), el 31 de octubre de 2002, a petición de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), escogió 2004 como año internacional del arroz, según la resolución 57/162 de 16 de diciembre de 2002. Por eso, cada 31 de octubre el mundo destaca la trascendencia del arroz como producto básico para la seguridad alimentaria y medio de subsistencia para millones de campesinos, fecha dedicada a resaltar el valor histórico del arroz, nutrimento consumido por más de media humanidad y fuente de empleo de millones de campesinos. Es plausible que la conciencia de la humanidad lo sepa, recuerde y abogue por su constante crecimiento. Su ausencia por escasez en la dieta diaria es causal de conflictos sociales y políticos, razones para que en cada aniversario se celebren eventos científicos alrededor de esta infaltable gramínea. En Ecuador hubiese pasado inadvertido a no ser por el incansable defensor del agro Leonardo Escobar Bravo, que haciendo honor a su lema “Volver la mirada al campo”, en sentidas expresiones difundidas por las redes sociales, relievó el hecho, promovió su homenaje e insistió en la dedicación pública y privada por su éxito para que beneficie a los agricultores que se dedican a ese valioso cultivo, llamando la atención de los líderes políticos para su fomento e investigación.
Son muchos los temas que pudiese elegir para rendir tributo al arroz y a los trabajadores que se dedican a él en las facetas agronómica, comercial e industrial, pero hemos escogido el de mayor interés actual: el justo mercadeo en estos momentos de sufrimiento, no por falta de oferta, sino por algo imprescindible, que es el pago equitativo a los productores, que, en su afán de subsistir, han hecho inmensos esfuerzos por innovar, financiar infraestructuras de siembra, pilado y selección. El imprescindible apoyo político que justiprecie el trabajo campesino es urgente, no siendo ético que autoridades llamadas a garantizar el proceso no tomen acciones eficaces para evitar aberraciones como el ingreso informal de la gramínea en el momento de la cosecha nacional, hecho incomprensible si la máxima autoridad reguladora es un arrocero de estirpe, para quien no sería difícil disponer medidas que superen esos defectos, evitando el desplome de los precios en perjuicio al agricultor.
Ha habido aportes extraordinarios para tornar la actividad arrocera sostenible, rememorando las inversiones de ese visionario agrario, ya fallecido, don Segundo Wong Mayorga, artífice en Ecuador de los híbridos de arroz. No hay razón para la falta de compensación a los arroceros innovadores, que han introducido una modalidad de cultivo en coexistencia con la cría de patos, claro ejercicio de la proclamada agricultura ecológica, o sea, sin utilizar pesticidas químicos, solo empleando los elementos que la sabia naturaleza brinda, practicada por los agricultores de la Asociación Nueva Esperanza de Balzar, liderada por Franklin León, capacitado en la República Popular China, que ha logrado imponer su marca “arroz pato”; pero sienten que cesó el apoyo estatal en la etapa decisiva al no sostener el precio de un producto precedido por sellos de calificación que dan fe de su óptima calidad. (O)




